Es un planeta vasto, pero en él han muerto las musas, tiene el tan preciado oxigeno pero el aire no guarda aromas, me deslizo en medio de las nubes de dióxido, tratando de encontrar una salida pero no la encuentro, no sé cómo llegue hasta aquí, fue en vano acaso el recorrido que hacía por entre los mundos, en vano todos los siglos por los que llegué a ser.
Simplemente un día, el más común, como cualquier otro desperté, abrí los ojos a la luz solar y sin quererlo me sentí extranjera cuando todos creían encontrarse en casa, estoy condenada a vivir en un cruel mundo donde el frío glaciar de sus habitantes quisiera a veces consumirme hasta quedar en nada.
Vivo escondida entre aparentes muros de hielo para que el frío que deslíen los demás seres vivos de este lugar no logre tocarme, este frío es una plaga que mata lentamente, enfermedad silenciosa que nadie llama enfermedad, a la que le rinden culto los moradores del glaciar y le llaman a su vez con nombres demasiado insignes para maquillar su malvado interés.
He conocido gentes benévolas en apariencia, pero debajo de su bondad se camufla el desgraciado virus que nadie quiere erradicar, he puesto el corazón más de una vez queriendo creer en realidad que existe un alma libre de este mal, pero el abrigo con el que he venido de allá arriba me salvado de sufrir una hipotermia o de finiquitar.
He conocido un grupo muy selecto de personas a las que les molesta este mal, les molesta tanto que les hace sufrir y llorar, a veces suelen protestar contra él, es un grupo muy pequeño y los llamo amigos aunque no sé sí el Dios frío a dejado sobre este planeta un rastro de la amistad, a veces el frío se cuela y nos hace olvidar, sin embargo trato de recordar y fueron estas las únicas personas a las que este titulo les sentaba menos mal, los veo siempre como me veo a mi, perdidos entre la niebla tratando de hallarse a sí mismos. Sin motivo alguno y aunque ellos no quieran, yo los pierdo cada día más, el frío fascina, entorpece los sentidos y apabulla sin cesar, solo gente muy valiente se atreve a desafiarlo, el precio es demasiado alto, el precio es la soledad.
La mascara de hielo que mis amigos usaron para poder sobrevivir ha terminado por adherirse a su verdadera identidad esta mascara ya no es cálida como la mía, ¡se ha helado! Por eso debo poner distancias que no existen, no puedo terminar enferma de un frío irracional.
Deliro con el frío, en ocasiones cuando duermo siento como silba en mis oídos, como su mano inerte desea mi rostro tocar, despierto sobresaltada en medio de la oscuridad buscando de su maléfico poder escapar, tomo mi abrigo y me dispongo a marchar, a vagar, prefiero andar como un forastero: sin un lugar para llegar, ya casi no uso la mascara, pues podría sin quererlo terminar enfermando como todos los demás, solo abrigo la esperanza de poder volver a donde pertenezco, de volver pronto pues ya no sé hasta cuando pueda seguir huyendo del frío, ¡no puedo unirme a su desventurado glaciar!
Siento mucho dolor, de ver como este virus carcome a toda la humanidad, podrán llamarle fuerza, poder y no sé que más, pero yo le llamo fría y atroz insensibilidad que ha nacido en las garras de la superficialidad.
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